La diferencia entre el día y la noche es el astro que da vida a la tierra.
El tiempo ocurre entretanto; los hombres han sido quienes crearon su medición, y por ello mismo, se vuelve como el viento que sólo recorre la vida…aunque tal vez sea un atrevimiento compararlo con el aire, ya que el tiempo no tiene fin, y el viento, sin embargo va y viene; el tiempo no lo hace así, él, jamás ha gustado detenerse para esperarnos.
Pero eso no es lo que me importa realmente, lo que me interesa es la luz que la gente conservaba antes y que se perdió en alguna parte del día, de la noche o quizá —mientras el tiempo decidía dónde—, huyó desesperadamente para que nadie la encontrara.
Y por todo aquello y más que he escrito, prosigo:
Soy una mujer diferente. Entre la locura y la normalidad, me siento en medio de ambas.
Aunque no creo que existan tales clasificaciones en cuanto a la mente y el pensamiento… soy diferente.
Poco después de nacer, mis padres me llevaron a vivir con mis abuelos. En aquél entonces, su casa me parecía enorme; había un jardincito donde mi abuelo se sentaba conmigo a mirar cómo el sol se colaba por los hoyuelos que se hacían en las hojas de aquel naranjo grande y sombrío…es éste, el recuerdo más delicado y penetrante que hasta ahora alberga mi memoria.
Me encantaba observar. Y así, mientras crecía, admiraba a la gente, al amanecer, a la lluvia, y hasta la oscuridad me hacía sonreír complacida.
Tomé cursos de fotografía cuando cumplí quince años y mi padre me llevaba en su Sedan rojo a conocer lugares diferentes.
Un día, fuimos juntos a caminar a “El Lago Azul”. Para mí en aquel entonces, me parecía un gran charco de agua estancada con peces de colores y árboles rodeándole. Mi padre decía que no debía menospreciar las cosas pequeñas; las grandes —afirmaba—, suelen encoger aún más que las chicas;
Eso mismo le sucedió a aquel lago pequeño, que, ante mi mirada, tan solo era un charco de lluvia.
Aquella mañana de agosto de hace ya algún (por no decir mucho) tiempo, la naturaleza decidió vincularlo al mar. Conservo fotografías inéditas de aquel lago y cómo fue que creció, con tal rapidez que no dejó de sorprenderme. Lamentablemente mientras él se crecía con la grandeza del mar, yo decrecí pocos días después, cuando mi padre, con un suspiro me susurró al oído: “Nos vemos allá arriba, te espero… y te quiero”.
Volé lejos de casa aquél día soleado de verano. Había pasado un año desde esa ocasión, y mi madre me suplicó que huyera a la vida, de momento no entendí su mensaje, me pareció que huir no era la palabra correcta, tal vez lo que ella quiso decirme era que huyera de la tristeza en busca de la vida y por no causarle más dolor del que ya tenía, huí… y es que cuando la tristeza alberga con mucha fuerza en un corazón pequeño, es necesario escapar de ella….huir, finalmente.
De esa manera, el vuelo a las colinas nevadas, me llevó muy lejos de mi hogar. El lugar a donde llegué a vivir era helado en cuestión —por no decir que casi me congelaba los huesos—, tomar chocolate se volvía una obligación… no una opción, pero eso, no me hacía mucho daño, al contrario, lo disfrutaba mucho.
Renté un apartamento con una ventana muy grande para ver el cielo. Compré además un telescopio para admirar el día. Amaba los días soleados de aquél lugar nevado.
La nieve, aunque supiera que con el tiempo desaparecería bajo el sol, insistía en caer sobre mi techo...y yo me deleitaba pensando cómo esa pequeña plumita blanca caída del cielo, podía llegar a cubrir la más alta de las montañas.
Mientras tanto; yo seguí captando rostros, emociones, sueños y montañas con mi cámara. Abrí un estudio fotográfico cerca de mi apartamento, al cual casi nadie acudía. Tal vez era porque las únicas imágenes que me gustaba capturar eran acerca de todo aquello que a la gente, por alguna razón muy suya, le parecía cotidiano, esto, parecía que me interesaba solamente a mí.
Y ya que nadie acudía a mi estudio, decidí que era hora de cerrarlo.
Me sostuve por un tiempo con el dinero que por correo me enviaba mi madre cada mes, además de las regalías que mi padre había dejado a mi nombre. Y cada vez que compraban sus relatos me beneficiaba a mí con su deleite.
Él había sido escritor, y hacía historias con mis fotografías. Yo siempre fui su protagonista preferida. La linda mujer que encontraba y buscaba salidas.
La que capturaba al tiempo en papel, en imágenes y en colores.
Aquella que, con sus ojos, podía ver más allá de la diáfana cortina que todos aquí en la tierra llaman: realidad.
Una tarde, con el sol tibio y alumbrante, iba caminado hacia mi auto, que se encontraba al otro lado de la acera. Había que cruzar apresuradamente la calle para llegar al otro extremo, es solo que en medio del pavimento gris, mis negativos cayeron sin avisarme…no pude percibir al autobús que llevaba a la gente a la ciudad, y que venía velozmente hacia mí. Fue eso lo único que perdí de vista en toda mi existencia. Siempre tuve cuidado de observar detenidamente todo… para no olvidar nada de ésta vida.
Cuando caí al suelo, sentí un calor agonizante subiendo por mis caderas hacia mi cabeza; mis piernas parecían hacerse humo y mis brazos volaron como colibríes azules.
Cuando de pronto, escuché: “aún no, querida, aún no”.
Recuperé mi conciencia en poco tiempo a mi parecer. Sentía mi cuerpo como una roca sólida, agrietada profundamente, como si hubiese caído de muy alto hacia el suelo.
Estaba inmóvil, mas sin embargo mi corazón latía.
Desperté de un sueño oscuro para regresar a una oscuridad que por mucho, parecía real.
Escuchaba pasos apresurados alejándose de mí, y los sonidos metálicos eran repetidos, suaves, pero repetidos.
Mi boca permanecía seca como la paja.
Pensé que tal vez había despertado en medio de la noche y que todos estarían dormidos. Deduje entonces que me encontraba en un hospital. El único que había en el pueblo, y obviamente, recordando aquel sueño atroz, la realidad se parecía un tanto.
Permanecí callada por un rato. Quise meditar qué estaba sucediendo y qué demonios me ocurriría desde entonces. Pero no podía dejar de temer a algo desconocido.
—Señorita Bea, ha regresado. ¡Buenos Días! Hace un día hermoso y debería usted verlo…permítame, le acomodo el suero.
De pronto, sentí como una aguja delgada y metálica penetraba mi antebrazo. Sentí también el suero recorriendo mis venas lentamente y mi rostro gesticuló un malestar inexplicable.
La voz era femenina y delicada, me imaginé a una de aquellas enfermeras bonitas con sonrisa grande.
—Disculpe, enfermera... ¿podría encender la luz?... quiero verla —le pedí apenas.
Aún no comenzaba a preocuparme por cómo estaba yo. Pensé que en efecto, había despertado de madrugada.
— ¡Oh! yo... no había visto el expediente. Espere aquí, ésto no me toca decírselo a usted. Ya vendrá el médico enseguida. Mientras tanto, sienta el sol tibio…le hace falta—. Su voz sonaba preocupada, como si no quisiera enterarse de algo que ya estaba dado por hecho. Sentí cuando las cortinas de mi ventana se abrieron y el sol me calentó la piel.
"Entonces es de día", pensé mientras mis sábanas se calentaban de prisa.
La enfermera no había encendido la luz. ¿Por qué tendría que encender la luz alguien más? Además, era de día, no habría por qué hacerlo.
Intenté abrir mis ojos entonces, y cuando según yo, lo había logrado... ví de nuevo más oscuridad.
— ¡MIS OJOS! ¡MIS OJOS! ¡no puedo ver nada! —Grité, y grité más fuerte cada vez. Mi voz se agudizó en cada grito, nadie venía a ayudarme y yo no podía ver. Estaba en un infierno del cual de pronto sentí, no podría salir jamás.
Los pasos de más personas se acercaban a mi habitación corriendo y hablando.
— ¡Una dosis de calmantes enseguida! Frym, necesito que la sujetes bien. Está histérica.
Me sujetaron los brazos y me hicieron tomar dos pastillas amargas. De pronto, mi cuerpo comenzó a sentirse como cayendo suavemente en un vacío silencioso y acogedor pero yo suplicaba a mi conciencia que se quedara conmigo, teníamos que saber lo qué sucedía con mi cuerpo. Por suerte, permaneció allá arriba por un buen tiempo.
Una voz masculina me saludó a lo lejos y acurrucó sus manos junto a las mías. Eran ásperas y honestas. Jamás podré olvidar aquello que me dijo tan tristemente:
—Señorita Bea, siento ser quién le de tan triste noticia. Debe saber que todo esto es solo un proceso que algunas personas sufren, no es malo del todo. Existen terapias y...
— ¡Maldita sea! Son mis ojos ¿verdad? ¿Qué va a decirme? Por favor...
Aunque no pudiera ver ni un punto blanco, sentí mis lágrimas resbalando sobre mis mejillas.
Un sofocante calor ardía en mis ojos.
—Usted no podrá ver nunca. El golpe que sufrió en aquel accidente dañó la retina de sus ojos severamente y no hay nada que se pueda hacer. Lo siento... yo...
—Ohhhh, ¡nooooo! ¡Estoy ciega! ¡Estoy ciega!
—No es algo que...
— ¡Al diablo! Déjeme sola... quiero estar sola ahora. ¿Va a seguir diciéndome que todo seguirá bien?
Yo no estoy segura de ello... discúlpe yo solo... quiero estar sola por ahora.
— Claro, comprendo. Estaré cerca si lo necesita.
Oí como la puerta se cerró detrás del hombre y el viento que despidió su cuerpo se acomodó en mis brazos un rato. No podía soportar la idea de vivir sin mis ojos. ¿Qué iba a hacer ahora?
Mis fotografías, mi cielo, mi mar y mis estrellas se habían ido. Se fueron de mí como mi padre se había marchado.
¿Dónde estaba Dios, madre, dónde?
No obstante, de algo estaba sumamente segura: habría que seguir adelante.
Me sorpendió la manera en que todo transcurrió desde entonces, debió ser algo de Dios o quién sabe de dónde, pero no por mucho permanecí en ese catre atada a sueros y medicamentos.
Debido al tiempo tan corto que me queda ahora acortaré lo que sucedió después aquel día.
Porque, les conté que estoy escribiendo mi pequeña historia desde mi asiento derecho, junto a la ventana, en un avión rumbo a Baja California, ¿verdad?.
Seguramente, lo olvidé como muchas otras cosas.
Hace ya muchos años desde aquel entonces.
Perdí mi vista en un día soleado y con veintiún años recorridos.
Recuerdo, que conocí a una mujer en aquel hospital lúgubre para mi memoria.
Me confesó, aquella tarde, que había intentado jalarse la vida con el gatillo de su arma.
Y lo hubiera logrado si su hijo pequeño no la hubiera descubierto apuntándose a la boca.
—Bea, la oscuridad no está al final del camino—. Aparece, sin darnos cuenta, a la mitad de él. La luz que nos acompañaba desde el principio, se aleja porque nosotros mismos huimos de ella. Muchas veces la gente comienza a existir solamente, siendo que, debería vivir. Y, cuando la gente comienza a vivir, por obligación física, comienza a morir. Pero el alma, Bea, el alma... ¡nunca muere! Eso mismo le pasa a tus ojos; ellos no pueden dejar de ver lo que tú quieres ver. El corazón te manda ahora, puedo asegurarte que no estás acostumbrada a dejarte llevar por él. Eres afortunada, Bea. Nadie puede ver más lejos que tú. Las pequeñas cosas de la vida lo son grandes para ti ahora.
Puedes ver más que la realidad y tu oscuridad es un lienzo que debes convertir en pintura. Matices, figuras y emociones son pintadas por ti ahí, en tu imaginación…Tu lienzo…
Comencé a hacer de mi vida una pintura: una reliquia.
Justo ahora, a mis setenta años, el mar y la arena me reclaman mi presencia y voy a dárselas.
Me di cuenta que la gente deja de asombrarse por lo cotidiano.
Y que pierden la luz que nació con ella a la mitad de su vida…Habría que recordarles que perder la luz en un día soleado es un milagro.
Pude quedarme con hoyuelos de luz que mi abuelo y yo solíamos ver hace años y fui feliz. Aunque el amor de un hombre no me visitó jamás, yo estaba enamorada de la vida, y de cómo, me había dado tanto.
Dejo de escribirles, porque tan rápido he llegado, les diré que caminaré por la arena con los pies descalzos, sintiendo la calidez del sol.
De aquella esfera dorada que en este día acompañará mis rezos.
Les diré que voy a ser el lago que se une con el mar y se crece con rapidez, y de pronto, estaré allá arriba buscando a mi padre.
Dejaré mis negativos enterrados en la arena, si lo desean, pueden encontrarlos.
Les recuerdo que el tiempo es solo un acompañante que nos sigue a todas partes.
Ni tú ni yo sabemos de dónde vino y a dónde va.
Tan solo nos deja saber lo suficiente, lo necesario.
Y es por ello, que nos da un pedacito de su ser, un instante: la vida.
Fragmentos de vida
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